Fondo Balbino Dávalos

del Archivo Histórico del Municipio de Colima

 

B

 



albino Adolfo Dávalos Ponce nació el 30 de marzo de 1866, hijo de Mariano Dávalos y Crescencia Ponce, nieto de Antonio Dávalos y Josefa Anguiano, de un lado, y de Fernando Ponce y Antonia Baldovinos, de otro. Fue bautizado el 2 de abril del mismo año, por el presbítero Vicente Pinto en la iglesia parroquial de Colima. Su casa de la infancia, estuvo en el popular barrio de La España, ubicado al poniente de la ciudad.

La primera parte de su educación la tuvo en el Seminario de Colima que abandonó tiempo después. Existen al menos dos versiones sobre su salida del Seminario Conciliar, ambas escritas por el mismo Dávalos. La más conocida forma parte de un anecdotario: 

Fui expulsado de aquel plantel religioso debido a que durante una ceremonia de retiro se me sorprendió leyendo en absorta meditación, en lugar del habitual devocionario, un inocente tomo del Montecristo de Dumas.  

La segunda es un vago dato biográfico que dio en una carta al presbítero Francisco Escobedo (1874-1949), en donde refiere que fue expulsado por portar una pistola.

A la edad de catorce años, Balbino Dávalos ingresó al Liceo de Varones, en un momento crucial: en 1880, este instituto cambió su sistema de enseñanza, y el grupo recién ingresado pudo ser el último con el plan de estudio original.

La constelación a la que perteneció Dávalos en el Liceo de Varones, se conformó por algunos nombres que trazaron una parte –mínima y brillante– de la historia cultural del Estado. Compañeros de banca fueron los poetas de ocasión Margarito Anguiano, Francisco González y Juan Curiel; el periodista Lucas Huerta quien editaría más tarde, en 1936, el periódico humorístico El Golpe; Gregorio Mendoza que publicó en 1889 La Lira de Occidente, repartiendo el tiempo en dirigir su proyecto y colaborar en otros, como El Combate y El Renacimiento; y Luis Ramírez. Otro compañero periodista, Feliciano Tafolla, junto a Jesús Díaz Virgen, redactó El Escolar Colimense. Otro joven, con intereses mal logrados en el campo de las letras, Basilio Castel-Blanch, más adelante se graduaría como ingeniero civil. Y la historia da cuenta de un inquieto dramaturgo, Agustín de la Vega, fundador y director de la compañía “De la Vega”, que realizaba breves temporadas en el Teatro Santa Cruz (hoy Teatro Hidalgo, ubicado en el centro de la ciudad de Colima). De entre todos destacó Gregorio Torres Quintero.

El 24 de noviembre de 1882 fueron publicadas las calificaciones en el periódico oficial El Estado de Colima. La competencia por los promedios más altos fue entre Dávalos y Torres Quintero. En general, Torres Quintero superó a Balbino en las materias de Gramática Primero y Segundo Curso, Filosofía y Pedagogía; mientras que Dávalos obtuvo mejores promedios en Latinidad y Francés. En una muestra del positivismo que crecía en Colima, el alumno Zeferino Robles, el 9 de diciembre de 1882, al presentar el examen de Matemáticas, pronunció un discurso que comenzaba con las siguientes palabras:  

Toda educación científica racional, se apoya en el estudio de las matemáticas. 

El interés intelectual que los dos talentos debieron mostrar, sin embargo, no fue por las matemáticas. Cuando ambos emigraron a la Ciudad de México, cada uno de ellos seguiría caminos diferentes: Balbino Dávalos en el servicio exterior, Gregorio Torres Quintero en el campo de la instrucción pública. Quizá signo de la distancia que hubo entre ellos: no hemos localizado ninguna carta posterior o escrito alguno en que aludan el uno al otro.

Es de 1880 el primer poema fechado de Balbino Dávalos, es decir, el primero en el que se evidencia una intención de universalidad. Con el título inocente de “Primera emoción”, un poeta naturalista, en la variable romántica de los escritores mexicanos del siglo XIX, expresa con fervor cómo “tiembla mi corazón” al sentir el amor.

En 1883, Balbino Dávalos viajó a la capital del país. Quizá en un principio recibió apoyo de su tío abuelo el célebre arzobispo de México Antonio Labastida y Dávalos. Luego, la ayuda provino del gobernador de Colima Esteban García quien le subvencionó con una beca de 150 pesos anuales, es decir, poco más de 40 centavos diarios.

Según su nieta Yvonne Sánchez de Armella, tendría catorce o quince años cuando llegó a la capital de la República, donde se instaló en una casa de huéspedes. Fue en ese tiempo que, como resultado de unas relaciones juveniles […], tuvo una hija. 

Continuó sus estudios en la Escuela Nacional Preparatoria e impartió cursos de griego y latín. Entre 1885 y 1902, Dávalos estudió la carrera de Derecho en la Escuela de Jurisprudencia, culminando su examen, otra vez, con excelentes calificaciones.

De 1880 a 1890, Balbino Dávalos escribe varios poemas: “En pos de lo ilusorio”, “Conchas y guijas”, “En la playa”, “Transparencias”, “Entonces” y “Deslumbramiento” que retoca para publicarlos en 1909 en Las ofrendas.

En 1888, Dávalos era traductor del periódico El Partido Liberal. Carlos Díaz Dufoo recuerda: 

Entraba cronométricamente cada veinticuatro horas, en la redacción de un diario nuevo, que se alzaba sobre las ruinas de las viejas hojas impresas, un muchacho de estructura angulosa y pupilas miopes, que parecía completamente extraño a todo lo que lo rodeaba. No tomaba parte en las charlas de los redactores, no saludaba a ninguno, no le interesaba, por lo visto, el mundo en que vivía. Era el traductor del periódico. Y como simple traductor lo tuvimos por una larga temporada. 

No han sido pocas las distinciones que ha recibido la obra del poeta colimense como traductor; ya Federico Gamboa señalaba que Dávalos era un gran conocedor de la literatura y exigente en sus lecturas. Max Henríquez Ureña le dedica un párrafo de su Breve historia del modernismo para destacar sus traducciones: 

No debió su prestigio literario al mérito de su producción original, por otra parte muy digna de aprecio, sino a su labor sorprendente como traductor. En lengua española ha habido pocos traductores que puedan hombrearse con él. Entre sus traducciones más acabadas se cuentan dos de Théophile Gautier: “El arte”, síntesis de un credo estético, que cierra el volumen de Esmaltes y camafeos; y la “Sinfonía en blanco mayor”, de la cual logró hacer Dávalos casi un calco, que a la vez que maravilla por la exactitud, tiene el mismo encanto, la misma galanura, la misma maestría de forma que el original francés.

 

La actividad intelectual de Dávalos fue intensa entre 1890 y 1893. En ese periodo formó parte de los liceos Altamirano, Mexicano y Científico y Literario, junto con quienes fueron sus compañeros en varias empresas políticas y culturales: Luis González Obregón, Ángel del Campo, José Cárdenas, Rafael Alba, José R. Aspe, Heriberto Barrón, Ezequiel A. Chávez, Manuel José Othón, Joaquín Haro, Emilio Rabasa, Ireneo Paz, Manuel Gutiérrez Nájera, Joaquín Arcadio Pagaza, José María Roa Bárcena, entre otros. También participó en la importante Sociedad Literaria Cuauhtémoc, fundada por Guillermo Prieto.

En la parroquia de San Miguel Arcángel, de la Ciudad de México, el 16 de julio de 1892 se casaron Balbino Dávalos y Jovita Anaya, siendo sus padrinos y testigos Ignacio M. Luchichí y María Anaya, José Maya y Cleofás M. Ramos. Con Jovita Anaya tuvo tres hijos: Emma, Manuel y Josefina.

Ese mismo año colaboró con El Siglo Diez y Nueve y El Universal, publicando algunas traducciones de escritores claves para la asimilación de las vanguardias literarias, como Francisco Coppée y Jean Lahor; y por esas fechas ya preparaba otras versiones de Gautier, Richepin, Leconte de Lisle, Verlaine, Gineset, Swimburne, Stechetti, Richard Henry Wilde, Longfellow, Whittier, Guy de Maupassant, Jean Sigaux, Whitman y Poe.

Uno de los artículos de carácter antológico de Manuel Gutiérrez Nájera expresa que las traducciones de Dávalos son creaciones propias. En El Siglo Diez y Nueve publica los poemas: “Algunas hojas de álbum” –dedicado a Matilde Olavarría– y “Variaciones decadentes”.

En 1893, Dávalos fue el traductor oficial del periódico El País, donde participó también en la Sección Literaria, que dirigía José Juan Tablada. Ha sido ampliamente documentada la publicación de los poemas “Misa Negra” de Tablada y “Preludio” de Dávalos que, como un manifiesto poético bimembre, ponen en antesala al decadentismo en México y abren puertas para la fundación, cinco años después, de la Revista Moderna, en donde hicieron cofradía la segunda generación de modernistas, a saber, los decadentes: José Juan Tablada, Balbino Dávalos, Jesús Urueta, Alberto Leduc, Jesús E. Valenzuela, Ciro B. Ceballos, Bernardo Couto Castillo, Jesús Luján, Julio Ruelas, Amado Nervo, entre otros.

Ciro B. Ceballos en su libro de memorias, un recorrido por los bares, restaurantes y cantinas del periodo finisecular, dibuja la actitud de Dávalos como intelectual. Poco salía de casa, dice, y eran constantes las visitas del grupo de los decadentes a la residencia del poeta de Colima: les motivaba la excelente comida, la enorme biblioteca y la conversación inteligente del bardo bizantino, como lo llamara Amado Nervo. De aquella biblioteca, José Juan Tablada tomaba los libros de la vanguardia europea.

En 1894, Dávalos recibió el nombramiento de profesor interino de latín de la Escuela Nacional Preparatoria, expedido por Porfirio Díaz a través de la Secretaría de Estado y del Despacho de Justicia e Instrucción Pública, con un sueldo de $803 pesos al año.

En ese año también participa en la gran difusora de la nueva sensibilidad moderna, la Revista Azul (1894-1896), de Manuel Gutiérrez Nájera y Carlos Díaz Dufoo. Fue el más activo de los traductores, por lo que su participación es fundamental para entender el eclecticismo del movimiento modernista. En los índices de la publicación, se encuentran nueve versiones de Dávalos: “Nuestra señora de la muerte”, “At home” de Jean Lahor, “El engaño” y “Un sueño” de Gabriel D’Annunzio, “Lieder” de François Copée, “La última hoja” de Théophile Gautier, “La caída de la estrellas” de Leconte de Lisle, “La tristeza del ídolo” de Auguste Genin y “Mística” de Paul Verlaine”. Además, publicó poemas de creación propia, como: “Augural”, “Fragmento”, “Cristal Marino”, “A través de Jean Lahor”, “Balada”, “Madonna Mía!”, “En la muerte de Luis Gonzaga Ortiz”, “A Pauvre Lelián”, “[¿Hay ciencia del honor?...]”, “Las espigas” y “Nuevo horizonte”.

Sus traducciones siguen en boga, y aparece en El Partido Liberal “Lieder”, de Francois Copée. En El Universal publica otra parte de su poesía: “La pescadora” y “Variaciones decadentes”.

Entre 1895 y 1896, su pluma alcanza al semanario ilustrado El Mundo, donde asoman los poemas “Cuando se agita tu mano nerviosa”, “Penumbra”,  “Desde la sombra” y “Los gatos viejos”.

Fue en 1897 cuando empezó su larga vida de diplomático al ingresar al Servicio Exterior, primero como oficial segundo de la embajada de México en Washington y, después, como secretario particular de don Ignacio Mariscal, ministro de Relaciones Exteriores.

Jesús E. Valenzuela, mecenas y productor de la Revista Moderna. Arte y Ciencia (1898-1903) señala en su libro de memorias que Dávalos fue el creador del título. Además de Dávalos, son miembros fundadores José Juan Tablada, Efrén Rebolledo, Fernando A. de Icaza, Manuel Olaguíbel, Jesús Urueta y el propio Valenzuela. En la larga vida de esta revista, que tuvo dos épocas, colaboraron la mayoría de los escritores importantes. En 1911 dejó de circular, ya con el nombre Revista Moderna de México.

La primera participación de Dávalos en el número inaugural es un postulado definitivo del decadentismo; se trata de la traducción del poema “El arte”, de Théophile Gautier.

Durante los primeros cinco años de vida de la Revista Moderna, Dávalos publicó los poemas: “Apostasía de Navidad”, “Cristal Marino”, “Poesías”, “Lentas horas”, “Nómos Audélicos”, “Odas nuevas”, “A Campoamor”, “Frente al mar”, “Las rocas y los árboles hablaron” y “Solicitud extraoficial”, dedicado a Justo Sierra. También publicó un buen número de traducciones, siendo sus trabajos la nómina más alta: “La caída de las estrellas” de Leconte de Lisle, “Mística” de Paul Verlaine, “At home” de Jean Lahor, “Los gatos viejos” de Raoul Gineste, “Amor reclina” de Swinburn, “Las ingenuas” de Paul Verlaine y “El nombre de María” de Stechetti. Finalmente, el ensayo “Los grandes poetas norteamericanos”, donde define su concepción del oficio poético.

De 1898 se registran dos joyas perdidas de la bibliografía davaliana: la traducción de Afrodita de Pierre Louis, una novela erótica que mantiene vigente su popularidad. A través de algunas inserciones en los periódicos de la época, se puede apreciar la popularidad que logró la obra. Dávalos mismo refiere en algunas cartas que el libro fue publicado en París, por la Librería Artística, y que incluía ilustraciones de Calbet. Sin embargo, se desconoce si aún existe un ejemplar de la edición príncipe, que fue plagiada por varios editores de Hispanoamérica. El segundo libro, Curso primario del idioma inglés, lo escribió durante su estancia en la Escuela Nacional de Altos Estudios, donde combinó su estancia como estudiante y profesor. Curso primario fue impreso y encuadernado por el prestigiado editor, Irineo Paz. En Librería Artística publicaría un año más tarde la traducción de Retrato de una hermana de Madame Craven.

En el primer año del siglo XX, Dávalos a ritmo acelerado lo alternó todo: traductor y redactor de la Revista Moderna; participa en el homenaje del poeta Ramón Campoamor, al lado de Luis G. Urbina, Victoriano Salado Álvarez y Francisco A. de Icaza, entre otros escritores; es uno de los seis secretarios de la Conferencia Internacional Americana; y traduce Monna Vanna, de Maurice Maeterlinck.

Un año más tarde iniciaría su periodo como congresista en la Cámara de Diputados, se cartea brevemente con Maeterlinck y colabora en el periódico colimense El campeón del pueblo. Periódico político, independiente y de anuncios. Edición democrática.

Para 1903 la Revista Moderna cambia su título a Revista Moderna de México, modifica ligeramente su formato, y la dirección es compartida por Jesús E. Valenzuela y Amado Nervo y las ediciones son ilustradas por Julio Ruelas. Dávalos da a conocer de 1903 a 1911 los poemas: “¡Poesía eres tú!”, “A la señorita Luz Sagaceta y Fernández”, “En otoño”, “De Las ofrendas. Invocación”, “De Las ofrendas. La última alondra”, “De Las ofrendas. La imploración”, “De Las ofrendas. Metamorfosis.” , “De Las ofrendas. Mis versos van siendo viejos...” y “Jesús E. Valenzuela”. Además el “Programa (para la clase de Literatura General en la Escuela Nacional Preparatoria, propuesto por el ciudadano profesor Balbino Dávalos, leído en el Consejo Superior de Instrucción Pública y prohijado por la Comisión de Programas)”. Y las traducciones:  “La caída de las estrellas” de Charles Leconte de Lisle, “Sinfonía en blanco mayor” de Téophile Gautier.

A pesar de sus quejas, en 1904 ocupa el puesto de encargado de negocios ad interim de la Embajada de México en Washington, y difunde la traducción del libro El México desconocido: cinco años de exploración entre las tribus de la Sierra Madre Occidental; en la tierra caliente de Tepic y Jalisco y entre los tarascos de Michoacán, de Karl Sofus Lumholtz. El libro fue editado en Nueva York, por la editorial Charles Scribner’s Sons.

Dávalos exigía al Gobierno Mexicano, que le pagara un poco más de los 5 mil pesos anuales que recibía, y alegaba que muchas veces tenía que costear asuntos internos de la Embajada con su sueldo. Al no ver una respuesta positiva a sus reclamos y, tal vez, no lograr un ascenso, en 1905 decide renunciar a Relaciones Exteriores, aunque regresaría un año después, para ocupar el puesto de primer secretario de la Embajada de México en Washington. En ese año también termina su periodo de diputado por Colima. Al parecer la situación en la Embajada de Washington era muy tensa, y Dávalos visitó al Presidente Roosevelt para convencerlo de que en México, la política de Porfirio Díaz seguía siendo efectiva y popular. Sin embargo, a finales del año, Dávalos es enviado como encargado de negocios a la Legación de Londres, donde comenzaría a escribir el siguiente tomo de poesía, inédito todavía, al que tituló Nieblas londinenses.

Su rigor en la apreciación de la literatura queda de manifiesto durante la lectura del ensayo “Aspectos de la literatura mexicana contemporánea”, en el Polyglot–Club de Londres, en 1908. En la revista mexicana El arte, publica la traducción del poema “La fragua” de Jean Richepin. En 1909, publicó en Madrid, por insistencia del poeta nayarita Amado Nervo, Las ofrendas.  

Hallábame en Madrid, en 1909, en viaje para descansar de las brumas de Londres y del intolerable ministro que por entonces me tenía condenado mi cargo diplomático en Inglaterra. Y en España, por insinuación de Amado Nervo, me animé a publicar mi primer libro de versos, Las ofrendas. Sumiso a las sugestiones de Nervo, seleccioné entre los manuscritos que me acompañaban lo que me pareció menos desechable de coleccionar, salvo dos engendros que Amado se encaprichó en librar de la parricida alevosía con que destruí toda mi obra. 

El libro recoge la mayoría de los poemas publicados en los periódicos y revistas que colaboró, y otro tanto de inéditos. En la ficha de imprenta está escrito que es la tercera edición, y fue editado por la Revista de Archivos. El poeta colimense siempre había renegado de su obra poética, y nunca se mostró convencido de la publicación del libro. Yvonne Sánchez de Armella, nieta del escritor, durante una entrevista, dijo que el mismo Balbino Dávalos ordenó a que se guardaran en cajas, casi la mitad de la edición madrileña de Las ofrendas.

En 1909, Dávalos hace una lectura de sus traducciones y poemas, perfilándose para ingresar a la Academia Mexicana de la Lengua, con el escritor Mariano Miguel de Val como intermediario. Rubén Darío, que comenzaba a publicar en París Mundial Magazine escribe una carta donde felicita a Dávalos por Las ofrendas, y le anuncia que difundirá un artículo sobre su libro.

Balbino Dávalos ingresó a la Academia Mexicana correspondiente a la Real Academia Española de la Lengua, en 1910, el mismo año que se presentó en la Academia de la Poesía Española. Ese año también cambió de residencia, al ser nombrado encargado de negocios de la Legación mexicana en Portugal. Dávalos viajaba de España a Portugal constantemente, ya que la Legación de Lisboa dependía de la de Madrid.

En 1911, como un homenaje a su amigo y protector, Ignacio Mariscal, publicó en la imprenta Revista de Archivos la antología Poesías de Ignacio Mariscal coleccionadas por Balbino Dávalos.

En 1913 editó Musas de Francia. Versiones, interpretaciones y paráfrasis, en Typographia da “A editora limitada”, reuniendo la mayoría de sus traducciones que publicó en las revistas mexicanas. Este tomo ya es una curiosidad de difícil acceso, que recibió elogios del rector de la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno.

Uno de los eventos que más conmovió la vida de Balbino Dávalos fue su misión diplomática en Rusia. Dávalos se ufanaba de ser el último ministro mexicano en presentar cartas credenciales al Zar Nicolás II y, en una serie de cartas a su esposa Jovita Anaya, transmitió su emoción e incertidumbre. En realidad, la Legación de México en Rusia parecía una oficina fantasma. Más adelante, en la serie de artículos que publicó en Excélsior ofrece versiones detalladas sobre su experiencia rusa.

Aquella misión se malogró por triple partida: la Revolución de octubre de 1914, el estallido de la Primera Guerra Mundial y, en México, la Revolución Constitucionalista. La experiencia en Rusia llevó a Dávalos a replantear su papel como diplomático y, en 1915, instalado en México, se desempeña dentro del campo de la docencia en la Universidad Nacional. Entonces era vecino de Ramón López Velarde quien, en una carta dirigida a Eduardo Correa, comenta sobre la aguda erudición del escritor colimense que trabajaba en un libro con traducciones de poetas ingleses, cuyo título tentativo era Musas de Albión.

1917 significó el incremento de la labor docente de Dávalos. La familia Dávalos Anaya emigra a Estados Unidos, como profesor de Lengua y Letras Españolas en la Universidad de Minnesota. Un año después, durante breve temporada, es catedrático invitado de la Columbia University, en Nueva York. A su regreso, es investigador del Instituto Científico y Literario del Estado de México. Poco después, le nombran director de la Escuela Nacional de Altos Estudios y nominado rector de la Universidad Nacional, puesto que ocupa apenas unos días, antes que José Vasconcelos irrumpiera en la Universidad.

Sobre el asunto, Dávalos apuntó en “El amago de La tormenta”, artículo publicado en 1936 por Excélsior, varias correcciones a las novelas biográficas de Vasconcelos Ulises Criollo y La tormenta. En esta última, el escritor poblano describe cómo entró a la Universidad Nacional, mientras Dávalos era el rector interino.

En 1920, Dávalos acepta el puesto de director de la Universidad Nacional y del Instituto del Estado de México; también es profesor de Sociología y Economía Política de la Escuela Normal de Toluca.

A los 55 años de edad, Dávalos siente nostalgia por los viajes. Decide regresar al servicio exterior como ministro plenipotenciario de México en los Países Escandinavos, pero su misión apenas duraría un año, retirándose de la diplomacia en 1922.

Vuelve a México y retorna asimismo a la vida académica. Es nombrado profesor de Lengua Castellana en la Escuela Nacional de Altos Estudios de la Universidad Nacional y, a partir de entonces, publicó periódicamente en Excélsior varios artículos que pueden constituir las memorias del escritor. Algunos de ellos fueron: “El misterio de los once pesos” (1932), “Una curiosidad frustrada de Menéndez Pelayo” (1934), “El amago de La Tormenta (1936), “La primera poesía dedicada al Maestro Sierra en su fallecimiento” (1942), “En memoria de Luis Ricoy (1946), “Don Ignacio mariscal y El Dómine” (1946), “A propósito de Luis G. Urbina (1946), “En homenaje a José Juan Tablada”; “Justo Sierra y sus versiones de Heredia”(1947),  “Gamboa, Embajador, y Menéndez Pelayo, Bibliotecario” (1947), “Don Porfirio Díaz en el Ipiranga” (1947), “Fruslerías, bobadas y reflexiones”, “La condesa de Pardo Bazán y Hernán Cortés” (1947) y “El milagro de San Genaro”.

En 1928 se instala en Colima como Jefe de la Oficina Federal de Hacienda del Estado de Colima y, al mismo tiempo, recibe el nombramiento de director honorario de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional. Veinte años después de ser aceptado, puede leer el 23 de julio de 1930 su discurso de ingreso a la Academia Mexicana “La Rima en la antigua poesía clásica romana” al que dio contestación Ezequiel E. Chávez. En la editorial CVLTVRA publica su segundo volumen de traducciones Musas de Albión y otras congéneres.

La Dirección General de Pensiones Civiles de Retiro entrega en mayo de 1932 a Balbino Dávalos su patente por poco más de 29 años de servicio público nacional, equivalente a $6.74 pesos diarios. Sin embargo continuó dando clases en la Escuela de Filosofía y Letras y, en 1935, es propuesto nuevamente rector de la Universidad Nacional Autónoma de México. El escritor declina y nunca llega a tomar posesión del cargo.

Dávalos divide sus estancias en una casa céntrica de la Ciudad de México, el hospedaje veraniego en Cuernavaca y las visitas esporádicas a Colima. Guarda con celo sus poemas y de vez en cuando publica en periódicos y revistas, como los seis “Rondeles” de 1932 en Claridad, o el artículo “Las dos elegías que engendraron a la Celestina” (“Est quadem-quincumque volet cognoscere lenam” (traducción de una elegía de Ovidio) y “La rufiana. Lena Acanthis”. (Versión estricta de la elegía V del libro de Propercio)) que apareció en 1939 en Letras de México. Al parecer, ahí también publicó en 1942, junto a Antonio Sánchez Barbudo, las traducciones “Atalanta en Calydon” de A. G. Swiburne y “Destiempo. Sobre los alemanes (carta de Hyperion a Belarmino).”

El escritor escribe poco. El viajero se establece. El profesor acude menos a las aulas. El académico se cansa. Pero no. Es uno de los académicos más entusiastas en los diccionarios de la Academia. En 1942 traza un prólogo breve al libro Ímpetus del poeta poblano Arturo R. Pueblita, y escribe la respuesta del discurso de recepción de José Juan Tablada en su ingreso a la Academia Mexicana. En 1945 ve luz una nueva edición ilustrada de la traducción de Karl Lumholtz El México desconocido: cinco años de exploración entre las tribus de la Sierra Madre Occidental; en la tierra caliente de Tepic y Jalisco y entre los tarascos de Michoacán. Es un libro en gran formato de Ediciones culturales y publicaciones Herrerías.

Sus viajes rutinarios y extensos de Cuernavaca a Colima, de Colima al Distrito Federal.

La UNAM lo nombra profesor emérito. Como asunto pendiente, en 1946 da a conocer el libro de poesía Retratos Líricos de Luis G. Urbina en la editorial Stylo, colección Nueva Floresta, coordinada por J. Díez-Canedo y F. Giner de los Ríos.

En 1951, con 88 años cumplidos, Balbino Dávalos muere en la Ciudad de México y es enterrado en el Panteón Español. De inmediato llegaron cartas luctuosas a la casa Dávalos Anaya, escritas por numerosos intelectuales, políticos y amistades. Desde entonces se han rendido varios homenajes al escritor colimense. El primero, la edición familiar de Poesías Selectas en 1957, que incluye un prólogo de Julio Jiménez Rueda. Más tarde, en 1966, la Academia Mexicana dedicó una sesión solemne para celebrar la memoria de Dávalos, en la que participaron Luis Garrido y Porfirio Martínez Peñalosa. En 1985, el Instituto Nacional de Bellas Artes y el entonces Instituto Colimense de Cultura, reeditó el libro Las ofrendas. En 1999, algunos catedráticos de la UNAM expresaron su admiración por quien llamaron “el autor del ideal de la Universidad”. Y en el 2000, CONACULTA y la Secretaría de Cultura del Estado de Colima organizaron el “Homenaje Nacional a Balbino Dávalos”, en el que participaron Verónica Zamora, José Emilio Pacheco y Hugo Gutiérrez Vega, entre otras personalidades.

También en este homenaje se anunció la “Colección Balbino Dávalos” que tiene el objetivo de reeditar la obra literaria del escritor colimense. Hasta el momento, de la bibliografía directa de Balbino Dávalos, se han publicado dos tomos: Las ofrendas y Musas de Albión. Sin embargo, la extraña y casi inaccesible bibliografía davaliana todavía tiene libros desconocidos que se sabe de su existencia por cartas o artículos del poeta y sus contemporáneos. Algunos de estos títulos, quizá los más raros, son: Antinomias lingüísticas hispanolusitanas, disertación reglamentaria del autor como individuo de número de la Academia Mexicana de la lengua, correspondiente de la Real Española, la traducción de las Odas de Píndaro, y el advertido libro de poesía Nieblas londinenses.

En agosto del año 2000, Yvonne Sánchez Dávalos de Armella donó al Archivo Histórico del Municipio de Colima el archivo personal que conservó de su abuelo Balbino Dávalos, punto de partida para el proyecto Balbino Dávalos: Rescate de su memoria, bajo la dirección del Dr. José Miguel Romero de Solís. A la fecha, se ha levantado el inventario general del Fondo Balbino Dávalos, fueron digitalizados todos los documentos que pueden consultarse en una manejable base de datos, se han comenzado a hacer nuevos estudios y tesis académicas sobre el poeta diplomático y fue editado el libro Una mirada a Balbino Dávalos (2003), de Grace Meade.

 

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A modo de balance final, es preciso asegurar que la participación de Balbino Dávalos fue importante en la conformación de las letras modernas mexicanas. A la sombra de otros escritores más prolíficos y exuberantes, su obra es poco conocida y menos comprendida.

Como traductor es probable que sus traslaciones fueran las más importantes de la época; su poesía, exquisita y refinada como la calificaron sus contemporáneos, es nota clave en el modernismo; y sus crónicas bien merecen la recopilación en un ejemplar de memorias davalianas.

A esto debe agregarse su labor como político y diplomático, participando en eventos de la transformación de México y su ingreso a la modernidad; además del arduo trabajo docente, al escribir los programas de diversas materias para dar vida a lo que hoy se conoce como la UNAM.

El esfuerzo de rescate que iniciaron algunos investigadores universitarios de la Ciudad de México, encuentra en Colima la resonancia más intensa. Y al igual que otros autores del periodo finisecular, la investigación sobre la vida y obra de Balbino Dávalos espera mejor fortuna. Así sea. 

 

Carlos Ramírez Vuelvas

 

 

 

 

 

 


 

 

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